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El Campo y el crimen Parte 2

Los jornaleros llevan años entregando el 25 por ciento de su salario diario. Los que tienen tierra 120 pesos mensuales por cada hectárea de cultivo –los que se dedican al aguacate y otros productos de exportación entregan mayor cantidad–; mil pesos por hectárea de maíz y los encargados de las bodegas no menos de 100 pesos por cada tonelada de grano. Cuenta Monreal que esto sucede en toda la República, al grado de que comunidades enteras se están desbaratando por la violencia.

Sostiene que es una realidad que está afectando quizá todavía más que los desastres naturales en términos de su impacto a largo plazo. Lamentablemente, expresa la falta de instrumentos confiables, impide conocer la situación real de la afectación del crimen organizado al campo mexicano. La situación de los campesinos en sí misma es difícil en razón de la falta de apoyos gubernamentales para la producción y comercialización de sus productos. Una vez el obispo –ahora emérito- de Tehuantepec, Oaxaca, Arturo Lona Reyes, dijo al ser entrevistado para PROCESO que la violencia indígena es legí- tima defensa. Hoy, lo primero se ha ensañado contra los nativos, ya que el crimen mayor, el de las trasnacionales, ha vuelto sus ojos hacia los grandes y ricos recursos naturales del país, alentadas por las llamadas reformas estructurales. Van con todo y por todo, principalmente contra los defensores del territorio nacional, hartos de los saqueos de minerales, de bosques, de los energéticos del subsuelo, porque también se roban el viento, el aire que alimenta a sus empresas eólicas. En consecuencia se han multiplicado las muertes de dirigentes y autoridades de las más de 60 etnias que existen en el país con millones de hablantes de lenguas originales. De ello da cuenta con frecuencia la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Como se observa, la violencia de la delincuencia organizada pasa cada vez más del ámbito urbano al rural o tal vez siempre ha sido así y hasta ahora nos damos cuenta.

Una crónica ilustradora narra que en determinada ocasión “los delincuentes no pretendían robarse la traqueteada camioneta de redilas porque la abandonaron cinco kilómetros adelante. Querían la ‘mercancía´ que iba en la parte trasera, cuyo valor fue estimado por su dueño en 70 mil pesos. Iban por los tres becerros y el borrego que su criador cuidó y engordó durante dos años y medio. Carlos es ganadero desde su adolescencia, cuando su abuelo le heredó el negocio familiar de cría y venta de becerros. ´Pero ser ganadero ya no deja nada bueno. Uno la piensa porque ahora te cuesta la vida´”.