Dos más dos igual a ¡diez

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Daniel Bisogno

Un obrón, señoras y señores, simplemente un obrón es el calificativo preciso para la puesta en escena de Dos más dos, producida por mi querido amigo Sergio Gabriel, que es un luchador incansable del teatro en nuestro país, además con un olfato teatral muy preciso. Llegué al teatro Jorge Negrete con mi mujer y con mi comadre Raquel Bigorra, dejamos el coche afuera de una taquería sobre Antonio Caso, y por poco decidimos no entrar al teatro y quedarnos mejor a taquear, por como olía aquello; pero estos cuerpecitos navideños ya no se pueden dar ese lujo en estos días, de empacar uno de pastor más, así que en contra de nuestra voluntad decidimos cruzar la avenida e ingresar al teatro. Llegamos y nos pidieron pasar por la alfombra roja, así que así lo hicimos, ahí ya estaban muy formaditos Jorge Salinas y Elizabeth Álvarez, Gerardo Quiroz, que está a punto de develar placa con Aventurera, Ruy Senderos que me encanta su trabajo como actor; los hijos de Consuelo Duval, Magda Rodríguez, productora recién traspasada a Televisa y que iba con su hijita Andreíta Escalona y la Tiita, su hermana, y que por cierto, todas estaban en el paquete a la hora de firmar en la empresa de San Ángel, entre muchos otros famosos. Fui por un trago y quise meterme a la sala, pero me encontré con que apenas estaba acabándose la primera función, así que esperamos unos minutos; pedí otro trago y ahora sí ingresamos, al dar la tercera llamada. Las primeras en aparecer en escena fueron Mónica Dionne y Consuelo Duval; el aplauso no se hizo esperar, a los pocos segundos aparecieron mis queridos Mauricio Islas y mi Adal Ramones. Se completó la ovación y a partir de ahí, a mí y al resto del público que abarrotaba el teatro Jorge Negrete, simple y sencillamente nos atraparon, no nos soltaron, ¡qué texto tan maravillosamente escrito, qué dirección, qué producción y por supuesto, qué actuación!

La obra, público querido, dador de amor y cariño, es simplemente sensacional. Yo me reí desde que puse mis tepalcuanas en la butaca hasta que me levanté para aplaudir, tal como lo oyen. Todo el teatro se puso de pie para ovacionar este trabajo, la obra es obviamente una comedia, una gran comedia y trata acerca de dos matrimonios que son amigos, donde uno le confiesa al otro que son swingers (de esos matrimonios que van a fiestas y hacen intercambios de parejas en un todos contra todos) y tratan de con vencer a la otra pareja para que se incluyan en esta forma de vida. Ya se podrán imaginar la risa de ver cómo tratan de convencer Mauricio Islas y Consuelo Duval a Mónica Dionne y a su marido Adalito para que le entren a estas perversiones, concuando el personaje de Adal es sumamente conservador y mocho. Lágrimas, de la risa, es lo que le arrancan al público, sin la necesidad de recurrir a nada más que al texto y al respectivo talento actoral, que sin duda alguna poseen los cuatro a manos llenas; aunque debo hacer una mención especial para el majestuoso trabajo que está haciendo mi querido Ramones, sin temor a equivocarme, es el mejor trabajo que le he visto, y miren que le he visto grandes cosas.

He compartido el escenario con él, pero lo que está haciendo aquí va más allá de un gran trabajo: los tiempos, la precisión de la comedia, los recursos corporales, faciales y de situación que maneja en esta obra, son los necesarios para su consagración como un primer actor, véanla y se darán cuenta de que lo que les digo no es cebollazo. Muchas veces sin hablar, solo con una cara o un movimiento, Adal Ramones hace carcajear a la gente con precisión de relojero suizo, y además con una frecuencia inusitada. No exagero: acribilla, rafaguea al espectador, cómicamente hablando, esto durante las casi dos horas que dura el espectáculo, que por cierto, no tiene intermedio, cosa que se agradece, pues hoy en día las obras las hacen de tres horas y las menos agradecidas son las nalgas de los espectadores, principalmente las mías, que me salieron muy respondonas. Aquí no, aquí la comedia es precisa en todo, hasta en el tiempo que dura, como debe ser una gran comedia, dejando al público con ganas de más. Mónica Dionne, Mauricio Islas y Consuelo Duval están excelsos también, todos tienen momentos de profundo lucimiento, donde demuestran su inmenso talento, como cuando Consuelo se pone peda y hace carcajear a la gente con esa mesura y esa grandeza actoral que tiene para interpretar un momento como ese, o cuando Mónica se pone caliente después de ver una señal, es simplemente genial. Y mi Mauricio Islas, con esa presencia y galanura, bailando cachondo, demostrando que un buen actor no tiene ningún miedo al ridículo y que se puede ser guapo y muy simpático a la vez, cosa que se logra difícilmente, pero Islas lo maneja a la perfección. Toda buena comedia nos identifica y nos lleva a la reflexión, esta no es la excepción, pues mientras nos carcajeamos, cada uno en nuestro interior, pensamos y repensamos, ¿qué haríamos en esa situación?, y si reaccionaríamos de la forma en la que reaccionan los personajes. Claro, nos carcajeamos porque nos vemos reflejados. De verdad un aplauso de pie para esta obra que nos demuestra que se pueden hacer grandes piezas teatrales en nuestro país y que nos hace por primera vez desconfiar de las matemáticas, pues para mí, después de ver esta obra de teatro les puedo decir que, ¡Dos más dos = diez! He dicho.