El voto rural (Parte 2)

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Guillermo Correa

Si así no fuera entonces mienten estudios realizados por el INEGI y el CONEVAL, instituciones autónomas dedicadas a medir la pobreza que, con todo y maquillaje, afecta a más de la mitad de la población que no gana para bien comer. No obstante, en la Casa del Agrarista estarán los representantes cenecistas disputándose el saludo y la foto con el candidato, azuzados por los dirigentes que sí son del PRI con la finalidad de recibir a cambio posiciones políticas y el poder.

Sonrientes todos aplaudirán cualquier gesto de Meade en un acto que colmará para tratar de demostrar la máxima del veracruzano Oscar Brauer Herrera, quien como secretario de Agricultura sostuvo que los campesinos no estaban organizados para sembrar, sino para votar. Pero eran otros tiempos.

El PRI, conducido por políticos, se sostenía en el poder gracias a sus tres sectores –obrero, campesino y popular–. Todavía con José López Portillo se reconocía el invencible voto verde que se ha ido diluyendo desde la llegada de presidentes tecnócratas. Los neoliberales que a partir de Miguel de la Madrid Hurtado empezaron a rematar instituciones ligadas al campo como la CONASUPO y FERTIMEX.

Con Carlos Salinas de Gortari hasta la misma CNC sufrió por no desaparecer y ser sustituida por otra central más del agrado de los globalizadores. No se pudo. El salinismo acabó definitivamente con el reparto agrario y en 1992 modificó el artículo 27 Constitucional, fruto revolucionario, para privatizar la tierra e impulsar la renta de la misma convirtiendo en todo caso a sus verdaderos dueños en esclavos de la misma.

Aparte de que convirtió a millones de campesinos e indígenas en golondrinos porque van de un lado a otro ofreciendo su trabajo en los grandes campos de cultivo, lugares en que como en el porfiriato han regresado las tiendas de raya y los enormes galerones que son dormitorios para ni siquiera pensar en cómo escapar de la dramática realidad. Tal es el México agrario del siglo XXI.

Atrás quedaron los tiempos en que cada presidente se peleaba el primer lugar en el reparto de la tierra. Demagogia en la que los observadores no dejaron de mencionar que si hubiera sido cierto el país se habría repartido varias veces. Lo que hoy sí es verdad es que la mayor parte del territorio nacional se encuentra concesionado a extranjeros. Basta ver a las mineras canadienses o a los españoles que han sembrado de infraestructura eólica la región del istmo y las empresas foráneas turísticas que se han apoderado de nuestras playas. Y eso que, como dice el senador y líder cenecista Ismael Hernández Deras, nadie quiere ver que las reformas estructurales ya están dando resultados en el campo. Un sector que el PRI gobierno ha abandonado quizá no tanto como sucedió con en tiempos de la decena trágica que encabezó el PAN.