Rafael Loret de MOLA

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Amanecimos y no había barricadas alrededor de Los Pinos ni se vendían drogas en las secundarias, y la policía era la institución más respetada por la ciudadanía. No había evasores fiscales porque, claro, la ciudadanía confiaba plenamente en la buena administración y destino de sus impuestos más allá de las mareas intermitentes de la política. No había incluso de habilitar, en la Carta Superior, el término corrupción como el ponzoñoso virus que destruye y carcome por dentro al sistema político mexicano. Ya ni siquiera se discutía sobre la autenticidad del indio Juan Diego, cuyas visiones de la Guadalupana fueron puntos de identidad para la naciente nación mexicana, y nadie hacía del fervor popular arma proselitista para intentar conservar el poder. ¿Se acuerdan de los fox?

Era un día despejado, sin turbulencias en el paisaje y sin agobios por la inminencia de los huracanes financieros críticos. Vivíamos bien, tan estupendamente, que el Metro ya no era materia de demagógico subsidio porque, sencillamente, el poder adquisitivo general lo posibilitaba.

Pero este día, en fin. Todos contaban con empleo digno lo que hacía innecesaria las manifestaciones, que de acuerdo a la estadística oficial, hay veintiún movimientos sociales, entre marchas y plantones, cada día en el Distrito Federal, según nos confió Manuel Mondragón y Kalb, cuando era responsable de la seguridad pública metropolitana; y aseguraba a los legisladores un ingreso compatible con “la digna medianía” en donde situó el Benemérito Juárez a los servidores públicos dentro de la tabla de salarios.