El aval de calderón

El aval de calderón

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Rafael Loret de MOLA

Pareciera que una solución para los graves conflictos en nuestro país, extraviada la vía democrática, fuese la militarización que ya acompaña al proceso electoral recién iniciado con postulantes con mayores defectos que virtudes; cada uno de ellos, sin duda. Más allá de las urnas, cascos, botas y fusiles estarán listos para amedrentar a la población o aplacarla en aquellas regiones en donde afloren las justas protestas contras las imposiciones; es decir, en la mayor parte de la República.

Nos dicen que encontremos el punto medio. No lo hay por desgracia. Desde la feroz era del calderonismo, al desatarse la guerra entre mafias –dentro y fuera de la órbita gubernamental–, la elite militar cobró una importancia tal que fue capaz de encerrar, blindando Los Pinos con más de mil elementos, al propio mandatario federal en funciones; y en estas condiciones se mandó a Josefina Vázquez Mota al matadero que devino en una caída espectacular del PAN hasta el tercer sitio, en 2012, acompañada de la pérdida de un millón de militantes de Acción Nacional, los adherentes a la administración del michoacano que no convenció, en dos ocasiones postulado para gobernador, ni a sus coterráneos. Contra los hechos no existe especulación posible.

Y, no podía ser de otro modo, su principal discípulo, su cachorro, Roberto Gil Stuart –quien fungió como secretario privado de calderón al final de la gestión de éste–, fue el encargado de elaborar y convertir en iniciativa la célebre Ley de Seguridad Interior recién aprobada con todos los signos necesarios para institucionalizar la represión.

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