Y se fue Fidel

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Rafael Loret de MOLA

Lo mismo en los deportes que en la geopolítica mundial los derrotados no sólo hacen mayoría siempre sino, además, tardan en digerir y aceptar sus tremendos fracasos; y hasta los olvidan pronto. Kennedy, por ejemplo, fue la excepción que confirma la regla: luego de la odiosa y fragmentada invasión a Bahía de Cochinos – abril de 1961– en donde Fidel dirigió un tanque de guerra durante el desembargo de los “anticomunistas”, con el financiamiento oculto del gobierno estadounidense, nunca dejó de culparse por ello y su vulnerabilidad se acentuó hasta el magnicidio de Dallas.

A poco más de dos años del triunfo de la Revolución Cubana, el demócrata convertido en icono de la democracia en su país, no quiso comprometerse a mostrar el rostro ni exhibir los apoyos a los exiliados del Caribe por temor a una desproporcionada reacción de la entonces Unión Soviética con la que Fidel se cobijó al negarle el gobierno de EU reconocimiento y estatus. Castro no guerreó contra el gobierno norteamericano sino expulsó a las mafias que, en nombre del mismo, avasallaban su país blindando la insostenible dictadura derechista de Fulgencio Batista, quien suprimió el derecho de huelga para asociarse con los ricos terratenientes que producían la caña de azúcar, pilar de los productos isleños, para luego, con descaro, dar paso a las multinacionales de la Unión Americana.

Pese al intento de asesinar a Castro, ¡en seiscientas treinta y ocho ocasiones!, las agencias de inteligencia de EU sencillamente fueron devoradas por el ingenio, las estrategias y el olfato de Fidel.