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Rafael Loret de MOLA

loretdemola.rafael@yahoo.com

¿Quién dice que el presidencialismo autoritario está extinto como los dinosaurios víctimas del aerolito de Chicxulub, Yucatán? Pese a su enorme vulnerabilidad y el hecho de ser repelido por noventa y tres de cada cien mexicanos –ningún jefe de Estado en el planeta, ni el expresidente de Zimbabue, Robert Mugabe, de noventa y tres años, es reprobado tan masiva y conscientemente–, el señor peña nieto, mancillado por sus reformas inútiles y odiado por las masacres ejecutadas por los militares, es también una caricatura que él mismo ha construido por sus tantos traspiés –el último confundir Paraguay con Uruguay ante el presidente de la segunda nación, el médico Tabaré Vázquez Rosas–, que nos enrojecen los rostros de vergüenza.

En fin, quienes están cerca de él insisten en que ya encaminó el proceso aristocrático para señalar, como antaño lo hicieron sus predecesores priístas, a quien supone debe ser su sucesor, pero deberá ocupar la posición tres en el emparrillado de salida cuando sea momento de cumplir con los tiempos que arbitrariamente impuso el Instituto Nacional Electoral, un verdadero nido de víboras, para falsariamente reducir los gastos y permitir al mandatario en ejercicio que su asfixia no llegue tan pronto –digamos en noviembre del año anterior a los comicios, como era costumbre–, y deslice varias posibilidades poniéndolas a prueba aunque, en el caso actual, todas las miradas –salvo los de los prinosaurios y sus rehenes, entre ellos Ivonne Ortega Pacheco–, observan, muy de cerca, al secretario de Hacienda, José Antonio Meade.

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