Signos ominosos

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FOTO: MOISÉS PABLO /CUARTOSCURO.COM
Rafael Loret de MOLA

loretdemola.rafael@yahoo.com

Hasta hace unos años, en plan chusco, me referí a que para contar con influencias dentro de la cúpula del poder era necesario acceder al pequeño círculo al que bauticé, sin ánimo homofóbico, como la “cofradía de la mano caída”, por su propensión al reclutamiento político malsano de jovencitos, cortados con la misma tijera, cual si fuese un ritual secreto que obligaba, por obvias razones entonces, al silencio; pasados los años, es claro que no se piensa igual y ya parece hasta una medalla, un punto de estatus y distinción, correr por entre las filas de quienes gustan deleitarse con personas de su mismo sexo. Por supuesto, es necesario apuntar que la libertad sexual es una bandera intocable.

Hoy, superada la otrora fobia, el hilo conductor es la corrupción, incluso legalizada como es el caso de las empresas llamadas “offshore”, con la confidencialidad como base estructural y una fina habilidad para sortear los tributos generados a través de depósitos y operaciones inmobiliarias en y desde los paraísos fiscales como las Islas Caimán o Barbados, entre otras, donde si se trata de dinero todos se tapan los ojos… hasta que ya no pudieron controlar al mundo cibernético y aparecieron, primero, “los papeles de Panamá” y después los “del Paraíso”, como cumbres de los evasores ilustres, desde la Reina Isabel II hasta Carlos Slim, el de mayor fortuna dentro de los multimillonarios mexicanos.

Lo anterior se encuentra dentro de lo usualmente considerado legal, aunque su ética sea nula por la implicación de evadir impuestos y golpear así a los países en donde se originan los inmensos réditos de las complicidadesa.