Ñáñaras en el occipucio

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Daniel Bisogno

Twitter/ @DaniBisogno

Siempre he sido adicto al terror, público querido, dador de amor y cariño a su vez; creo que es evidente: desde niño mi papá nos llevaba películas de terror a la casa para pasárnoslas en la betamovie. Películas que muchas veces no habían ni estrenado, pero El Concho ya las había conseguido. Obviamente no traían subtítulos, pero El Concho nos las iba traduciendo a su entender, cosa que resultaba todavía más divertida. Nos reuníamos en la recámara azul, que era el cuarto de tele en la casa, mis papás, mi hermana, mi hermano (que apenas si hablaba, bueno sigue así) a veces hasta mi abuelita Queta y yo. Y disfrutábamos películas como Halloween, Viernes 13, Noche infernal y La profecía, por solo mencionar algunas. Y olvídese, cada que alguien tenía que bajar por algo a la cocina, teníamos que dejarlo a la suerte, pues a todos nos daba terror. Muchas veces el que terminaba yendo era mi hermano el menor, que nomás alcanzaba a decir “mata michacha”, y le tocaba bajar por los Frutsis.

Ese terror se volvió parte esencial de mi vida y hasta la fecha disfruto mucho de las películas de miedo, de las casas de terror (voy a todas), de todo lo que tenga que ver con el género; pero siempre tiene uno en el subconsciente la garantía de que al fin y al cabo es ficción, sabemos que lo que sucede está detrás de la pantalla, en el escenario, y eso es un gran alivio. Digamos que parte de ese placer por disfrutar el terror es el poder apagar la tele o salirte de la casa de terror. Pero, público querido, hace unos días viví algo totalmente diferente, una experiencia muuy distinta, y como no quiero que esto parezca un comercial, no voy a decir la marca de la cerveza que lo patrocina, pero es un Hotel de Leyendas en Paseo de La Reforma. Me invitaron en sábado en la noche, claro que mi verdadero terror comenzó desde antes de la llegada, pues Reforma y todos los accesos estaban completamente cerrados, porque era una marcha ciclista. Después de dos horas de verdadero terror pude estacionar mi coche a varias cuadras del lugar, en un centro comercial sobre la Avenida de los Insurgentes, y caminar durante media hora tomándome fotos y saludando ciclistas. Imaginen qué linda experiencia llevaba yo vivida hasta el momento.

Por fin llegué al lugar y me impresionó que todos los que trabajan ahí tienen cara de perturbados, no con máscara ni disfraz; parece que hicieron casting en el hospital psiquiátrico Fray Bernardino: desde que entras sientes una vibra exótica, como quien dice bien trabajada. La producción de todo es impecable, primero te reparten un listón con una llave. Hay tres colores de listón y cada uno equivale a una leyenda distinta. Ese día estaba de invitado también Sergio Sepúlveda y me dije a mí mismo: Ya tengo con quién compartir mi terror. Pero cuál va siendo la sorpresa de que lo único que compartimos fue un pequeño locker para guardar nuestras pertenencias. Después nos separaron pues a él le tocó una leyenda diferente. La mía se llamaba El relojero.

Desde que entras empiezan a jugar con tu mente, pues te vuelves un testigo presencial de todo lo que allí acontece, de alguna forma despiertan todos tus más básicos instintos de supervivencia y estás en alerta máxima durante los cincuenta minutos que dura el evento. Corres constantemente, presencias escenas muy bien hechas y de repente, por ejemplo, tienes que pasar por un túnel donde apenas cabes hincado. Luego la escena que ya habías visto dentro de un cuarto la ves desde afuera de la joyería y posteriormente desde la parte de arriba; luego pasas por lugares escalofriantes, pero no cuestiones de brujas y fantasmas, no, los verdaderos demonios que cada uno trae dentro y que cuando alguien los saca a flote te llevan a un grado extremo de terror.

 

Yo entré con seis personas y un supuesto guía; de repente ya nomás estaba con dos de los seis que iban; después apareces de la nada con otros tres y no sabes dónde están los otros con los que estabas. Te hacen perder noción de realidad y fantasía, así que tu cuerpo empieza a reaccionar con verdad a estímulos falsos; empiezas a entrar en terror, pero del verdadero, del que tu cuerpo no sabe que es mentira, así que la experiencia es estrujante.

No quisiera revelarles mucho de la historia, porque vale la pena que la experimenten; pero imaginen que en una de esas nos dicen a mí y a otras dos chavas: “A ver, ustedes tres, vengan conmigo”, y de repente ya estábamos en una especie de estacionamiento abandonado, y nos suben a un coche en ruinas en el asiento de atrás y de pronto aparece el caníbal por el vidrio del coche, lo rompe y saca de la greña a una de las que estaban conmigo. Luego rocían de gasolina el coche, lo prenden ¡y empiezan a contar! No saben ustedes con el terror que se baja uno corriendo y con mi agilidad, ¡ya se imaginarán mi rapidez! Total, que sale uno con una experiencia ¡fuera de este mundo! Si no se le frunce a usted el cutis, vaya y enfréntese a usted mismo. He dicho.