Las cárceles

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Eduardo Betancourt

elb@unam.mx

Sistemáticamente, los ciudadanos escuchamos noticias sobre motines y riñas, que tienen como consecuencia homicidios y lesiones dentro de las cárceles del país. Junto con esto, es muy conocido el tema de la extorsión, o de la descarada venta de protección. Es sabido que desde las cárceles se realizan llamadas amenazadoras, y se ordenan actos delictivos de todo jaez. La realidad es que las autoridades han mostrado de forma patente su incapacidad para controlar los Centros de Readaptación Social; en la mayoría, el autogobierno es el fenómeno cotidiano y real.

El problema no es nuevo. Históricamente, respetables académicos y políticos han pretendido buscar una solución para tan grave conflictiva, pero la realidad es que todo parece destinado a fracasar. Tengo presente el gran esfuerzo que mi dilecto y siempre admirado amigo, el jurista Dr. Sergio García Ramírez, llevó a cabo hace un tiempo, al pensar inclusive en la posibilidad de cárceles sin rejas, orientadas siempre a buscar la reinserción social. Sus logros fueron exitosos, lamentablemente, no tuvieron continuidad.

El drama hoy por hoy resulta insoluble. Se sufre una carencia total de propuestas viables, se presentan soluciones absurdas ante el fenómeno del crecimiento poblacional en las prisiones, se pretende disminuir el número de internos, pero la realidad es que muchos de ellos son peligrosos delincuentes, de ahí que la supuesta solución resulte verdaderamente peligrosa.

El aspecto penitenciario está vinculado al delictivo. Es ahí donde ha de incidirse. Por ejemplo, el renglón de los delitos patrimoniales debe resolverse mediante la obligada conciliación, donde el sujeto activo del delito reintegre lo defraudado, lo extorsionado, lo robado, mediante acciones tan drásticas como el decomiso. No es posible que haya tantas contemplaciones formales con quienes causan daño social, ya que el delincuente no solo afecta a la víctima, sino a toda la sociedad. Cuando alguien sufre un robo el daño repercute en todos, es algo que debe quedar muy claro, que el sistema penal se viene convirtiendo cada vez más en instrumento benéfico para los delincuentes. No será extraño el momento en que la víctima tenga que pedirle perdón al perverso criminal y hasta tenga que indemnizarlo de alguna manera. Debe frenarse esto y asumir con contundencia que el delincuente es un ser antisocial, alguien que debe ser tratado con energía, sin contemplaciones y siempre anteponiendo el principio de la reparación del daño.

Volviendo al sistema penitenciario, este marco institucional debe sustentarse en el más elemental principio, que es la ocupación obligada y disciplinada de todos los presos. Si usted acude a alguna cárcel, excepto a algunas de alta seguridad, podrá constatar que la holgazanería de los internos es verdaderamente descarada.