M-H: una obra muy disfrutable

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FOTO: Instagram

 

Daniel Bisogno

Me dice mi coma­dre Raquel Bigo­rra: “Nos están in­vitando a apadrinar una obra de teatro que se llama M-H; sa­le una amiga que es muy ta­lentosa, así que vamos”, y co­mo donde manda capitán no gobierna marinero y mi co­madre y yo estamos acostum­brados a hacer equipo, pues acepté sin tener la más remo­ta idea de lo que iba a ver. Así que quedó de pasar a las 7:30 por mi persona, ya ve que vi­vimos en la misma calle, y es­ta vez fue muy puntual mi co­madre, junto con mi compa­dre Alejandro Gavira. Salí, me trepé a su lujosísima ca­mioneta recién sacada del ta­ller, nuevecita, después de un ligero recargón que le acomo­dó mi compadre contra uno de los postes de luz de la co­lonia; me trepé con la maldi­ta incertidumbre de qué era lo que iba yo a apadrinar jun­to con La Bigorra y con Rodri­go Murray, mi querido amigo.


Llegamos al teatro Ra­fael Solana, suerte que no nos quedó tan lejos, ahí en Mi­guel Ángel de Quevedo, lle­gamos y ya había algunas cá­maras de televisión y algunos reporteros. Mi comadre y su asqueroso servidor, como pe­ces en el agua, dando entrevis­tas y todo el pedo; pero en mi interior había algo que ocu­paba mi atención, ¡me esta­ba zurrando de hambre! Así que en friega di las entrevis­tas, pero ya mi mente esta­ba en la cafetería del teatro.

En cuanto tuve oportunidad me desafané y fui a la dulcería en lo que mi comadre seguía hablando con la prensa; com­pré dos refrescos y unos caca­huates japoneses para ir enga­ñando la tripa; todavía cuan­do subieron mis compadres se discutieron unas palomi­tas con Valentina que disfru­té plenamente. Nos apoltrona­mos en las butacas, yo con las piernas de lado, pues los tea­tros en México están hechos para el mexicano estándar y yo me salgo del promedio. Con las piernas chuecas me tuve que desenrollar pa­ra saludar a Olivia Collins que llegó guapísima a sentar­se al lado mío; pe­ro como yo traía las piernas dormidas, me paré como ve­nadito recién naci­do, con terror a que mi ligero peso fue­ra a vencer mi buen torneado cuerpecito hacia la fila delante­ra o trasera del tea­tro; pero afortuna­damente solo tras­tabillé. Debió haber pensado La Collins que venía yo muy pe­do, pero en el teatro ¡ni una pinche chelita vendían!

Dieron la tercera llamada y yo todavía confuso e incrédu­lo dejé que me sorprendieran, ¡y vaya que lo hicieron, públi­co querido! Solo una pareja de actores en escena, ella se llama Abril Mayett y él Juan Car­los Medellín, señoras y seño­res, los dos, son unos pedazos de actores. Simplemente sensacio­nal, esta obra M-H es una co­media, pero una comedia que no estamos acostumbrados a ver en nuestro país, es un gé­nero llamado clown, que si us­ted ha tenido la oportunidad de ver alguno de los espectá­culos del Cirque du Soleil en vivo o hasta en la televisión, me va a entender muy bien; to­do lo que hacen los payasos en estos espectáculos circenses es precisamente el clown, es decir, una comedia con pocas pala­bras, casi muda, con una gran expresión corporal, convir­tiéndose en una comedia muy física. Pero lo increíble de es­ta obra es que también impor­tan mucho las situaciones, y hasta tiene momentos de pro­funda reflexión. La obra se ba­sa prácticamente en las rela­ciones de pareja pero llevadas al clown, es decir, te identifi­cas porque te identificas, y es­to irremediablemente nos lle­va a la carcajada. Pasan desde Adán y Eva hasta las relacio­nes de pareja en la época ac­tual. El desgaste físico y emo­cional de los actores es enor­me, pues en casi dos horas, sin intermedio, jamás decaen en el ritmo, que por cierto es ver­tiginoso, con prácticamen­te sonidos, expresión facial y corporal y una que otra pa­labra hacen que el público se desternille de la risa. En ver­dad una comedia admirable.

Pasan tam­bién por la rela­ción entre ma­dre e hijo y ese fue uno de mis momentos favo­ritos de la obra, pues se me fi­guró ver a Pedrito Sola con su sacrosanta madre en el es­cenario, como quien dice, to­do el mundo se identifica con algo en esta his­toria y, acá en­tre nos, cae muy bien ir a reírse un martes en la noche, que es cuando se pre­senta esta obra, y recargar pi­las para el resto de la semana.

Se me fue como agua la fun­ción. Mis compadres, Rodri­go Murray y hasta La Coll­ins carcajeamos sin parar.

Luego, al terminar, los pa­drinos subimos a felicitar al elenco y a decir unas pala­bras y todavía hasta una ca­nasta con tequilas y chocola­tes nos regalaron en agrade­cimiento; díganme si ese no es un martes a toda madre.

Pero ahí no acabó la cosa, todavía mis compadres, con­sientes de qué traía todavía un huequetito en el estómago, me picharon los tacos: tres de pas­tor con todo y uno de chule­ta, acompañados de una che­la bien Elodia fueron mi bro­che de oro, y en una de esas ahorita me empino el tequili­ta del obsequio. He dicho.