Detrás de cámaras del terremoto  

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Daniel Bisogno

Apenas acababa de di­sipar el gas que se me había atravesado por el terror vivido durante el mo­vimiento telúrico vivido en los foros de Azteca, donde me ha tocado pasar por todo a lo lar­go de 20 años de transmisio­nes ininterrumpidas en aque­lla empresa; iba llegando a mi casa, tarde ya. Aunque vivo a tres cuadras de la televisora, hi­ce casi dos horas de camino. En la calle, la gente con rostros desencajados, llenos de miedo pero sobre todo de confusión; había gente que estaba para­da en el trébol que está pasan­do TV Azteca pidiendo aven­tón, y por primera vez en mi vi­da vi que la gente los subía con toda confianza, se les quitó el miedo de que los fuesen a asal­tar. Todo mundo ayudaba al otro. Llegué a su casa, que es la mía, y apenas estaba estiran­do las piernas y tantito el cora­zón cuando de repente me lla­man por teléfono para infor­marme que al día siguiente se haría una transmisión ininte­rrumpida de lo que sucedía con este lamentable terremoto. Pú­blico querido, ya me han tocado muchas tragedias al frente de la cámara, desde huracanes has­ta la muerte de Juan Gabriel, así que de algún modo ya sa­bía lo que venía, y se los tengo que compartir, para que uste­des se den una idea de cómo se vive un desastre de esta mag­nitud detrás de las cámaras.

A partir de las 9 de la maña­na empezaron a tener llamado los compañeros de Azteca, los primeros comandados por Ri­cardo Salinas Pliego, presi­dente de Grupo Salinas, es decir, nuestro jefe mayor; Javier Alatorre y, por supuesto, Pa­ti Chapoy, figuras emblemá­ticas e irremplazables de Azte­ca. Acompañados por algunos compañeros arrancaron con es­ta labor. A mí me tocó de las tres de la tarde y a morir; pri­mero arrancamos en el foro de Ventaneando y justo cuando me acababan de traer un chocomilk bien frío que pedí, nos avi­san que nos cambiamos de foro al de Venga la alegría para hacer desde allí el resto de la trans­misión. Mientras no estamos al aire se hace un silencio triste que contrasta con toda la gente de la producción que corre por todos lados en busca de la in­formación, que llega por todas partes; cientos de corresponsa­les desde los dis­tintos puntos donde este terre­moto se ensañó y devastó sin pie­dad. Por el chí­charo (audífono apuntador) es­cuchamos las in­dicaciones: “Vamos a enlace a la Del Valle, caemos a piso con ustedes y luego entra la prime­ra tanda de invitados”. Toda es­ta información visual y au­ditiva que contrasta también con la que traemos en el cora­zón, esa zozobra, ese nudo en la garganta que se forma cuan­do uno tiene enfermito el espí­ritu, y así empieza a transcurrir el tiempo, informando, tratan­do de ayudar, tratando de ser muy preciso con lo que decimos y con una infraestructura tremenda para llevar la informa­ción más cercana a la realidad.

Esta época de las redes socia­les es muy peligrosa, cualquier imbécil puede opinar y no solo eso, puede mal informar te­rriblemente al público que es­tá muy necesitado de la verdad. Todo el equipo de Información, muy celoso de su deber, por ningún motivo nos deja sol­tar ninguna información que no esté corroborada o sea ofi­cial, por eso nosotros no caí­mos en el caso Frida Sofía. Pa­san las horas y las horas y uno en el foro transmitiendo; per­demos la noción del tiempo, si afuera es de día, si es de no­che, si está lloviendo o está so­leado. Llegan los invitados, so­lo Pati Chapoy y yo transmi­timos ininterrumpidamente. Pati desde las 9 de la mañana, pero no hay cansancio, hay dolor que tratamos de disimular para no contagiar más al tele­vidente. Nos sientan invitados, unos muy famosos, otros ca­si extras, pero todos con el mis­mo sentimiento, todos hablan­do de la unión de los mexicanos y nuestra manera de respon­der ante estos terribles even­tos; nos enlazamos al foro de noticias donde los conducto­res llevan también horas y ho­ras transmitiendo, aún más que nosotros; los reporteros, desde el lugar de los hechos, narran­do cosas inauditas y totalmen­te fuertes. Durante el corte nos cuentan lo que están vivien­do, cómo junto a sus pies sa­can un cadáver o se oyen gri­tos entre los escombros; padres llorando desesperados junto a ellos, caminando y gritando el nombre de su hijito ¡para ver si entre los bloques de cemen­to alcanzan a escucharlo! Gen­te, gritos, lluvia, polvo, tristeza, desolación, angustia, todo esto en la mente y en el espíritu de los reporteros, admirable labor.

Entre los invitados aparece el maestro Enrique Guzmán, que llegó a apoyar como cualquiera; estaba también Jorge Garralda, quien es una emi­nencia en todo esto de las tra­gedias, ¡pues ha ayudado en todas! Yo he tenido la fortu­na de ir con él a ayudar en mu­chas ocasiones, desde un hura­cán hasta ir a repartir víveres en Tabasco, bajándonos de un helicóptero del Ejército con el agua hasta la cintura en el pan­tano. Con esta experiencia del Jefe Garralda, como yo le digo, empezó a explicar claramen­te cosas que nosotros, que to­dos, con el afán de ayudar, no pensamos; nos hizo tomar con­ciencia de que esta es una tra­gedia seca como él le llama, que la gente lleva sin parar víve­res, es decir comida, que en rea­lidad no se necesita en exceso, pues la gente a la que rescatan va directamente a ser atendi­da en el hospital. Se necesitan los primeros días herramientas, guantes, todo lo que sirva a los rescatistas para tratar de en­contrar gente con vida, pasan­do este tiempo lo que la gen­te necesita es apoyo económi­co (dinero) para reconstruir su hogar y todo lo que perdie­ron; por supuesto que toda ayu­da sirve, pero es preciso dar lo que en verdad se necesita.

Durante el corte comenta­mos de toda la gente bieninten­cionada que corre a ayudar pe­ro muchas veces solo estorba, y no faltan los que van a tomarse la foto o a grabar su video pa­ra tener de qué hablar en Twit­ter o en Facebook; esa es la rea­lidad. Pero también está esa gente, gente de a pie, que ha re­sultado muy útil, que ha salva­do vidas. Siguen transcurrien­do las horas y el tiempo parece insuficiente con todo lo que se quiere decir y hacer, termina­mos poco antes de las 11 de la noche y al salir, de nuevo un si­lencio absoluto en las calles, pa­reciera como si los motores de los coches también estuvieran de luto, casi no suenan. México está herido, pero se curará, so­lo espero que esta cicatriz nos sirva para seguir aprendiendo y para seguir evitando muer­tes durante una tragedia, como se logró a gran escala del tem­blor del 85 a éste, 32 años des­pués. Vamos para arriba porque ya tocamos fondo, recu­peremos la sonrisa y el ánimo, porque los que perdieron al­go o a alguien lo necesitan. ¡Arriba México! He dicho.